Un mediodía nublado, una chica se subió sobre la mesa del comedor y se puso a disparar fotos con una cámara réflex. Bajo el lente se exponían abiertas una veintena de libretas, apenas la mitad del número total. El resto no superaron el test de estética para aparecer en la foto y se quedaron en los márgenes de la mesa, sosteniendo los pies de la chica, que con ojo crítico, se esforzaba en hacer foco en las palabras manuscritas. Todas con la misma caligrafía, puestas en papel por la misma mano. La mía.
Me fascina cuando cosas maravillosas ocurren de forma inesperada, no planificada. Esa mañana, cuando abrí la puerta del garaje, iba a buscar un cuaderno para llevarme a Argentina en el que tomar notas de las entrevistas. ¿Para qué comprarme uno nuevo si seguro tengo alguno sin estrenar por ahí?, pensé, ingenua. Definitivamente, no veía venir lo que me esperaba.
Porque al abrir el segundo armario tuve que parar el podcast que sonaba en mis oídos, ya no lo estaba escuchando. Debajo de varias bolsas de decoraciones navideñas y peluches, aparecieron ante mí dos grandes torres de libretas. Mis libretas.

Perdí la noción del tiempo buceando entre las páginas. Me dio una enorme ternura desbloquear los candados de mis diarios de la primera infancia y leer las entradas cortas, a veces absurdas, pero sobre todo muy graciosas, escritas con la caligrafía torpe de quien recién se familiariza con la palabra escrita. Me fascinaron las notas de los pequeños cuadernos que llevaba siempre conmigo en el bolso durante los años de universidad, y que había olvidado casi por completo. Recorrí el mundo releyendo los diarios de viajes, llenos de anécdotas graciosas con mi familia.
Aunque eran todos míos y los reconocí sin problema, me sorprendí con el gran número de cuadernos que tenía ante mí. Desde aquí, públicamente agradezco a todas las personas que en algún momento me regalaron uno (pueden seguir haciéndolo 😉 ).
Este descubrimiento me inspiró para hacer una sesión de fotos, de la que obtener imágenes para el proyecto. Pero, como siempre, sobre todo me inspiró a escribir mis reflexiones:
Soy escritora desde siempre
Esta es mi identidad. Desde siempre, desde muy pequeña, desde que apenas sabía cómo combinar las letras para formar palabras.
Me llevaría días, semanas, leer todas las páginas que he escrito en estas más de 40 libretas, porque son muchísimas. Y a esas falta sumar todas las que tengo en digital. Y en notas manuscritas del móvil. Se me salen solas las palabras de las manos, así que ¿cómo me atrevo siquiera a dudar de que lo que quiero hacer en la vida es escribir? ¿Cómo me atrevo a dudar si es lo que soy?
Este acontecimiento fue una preciosa confirmación de que estoy en mi camino.

Dejarse inspirar
No planeaba hacer esto, no se me había ocurrido consultar mis libretas, de algunas ni siquiera me acordaba que existían. Llevaba días dándole vueltas al concepto de la identidad visual de Crónicas del Clan, pensando qué querría usar, cómo querría representar visualmente lo que es este proyecto. Creé un tablero de Pinterest, presté atención en redes sociales, busqué ejemplos, me fijé en otros perfiles que me gustan… Pero no encontraba nada que encarnara lo que yo quería.
Al final, lo que quería se me apareció de sopetón, ante mis narices. Y lo pude aprovechar gracias a que tenía los ojos bien abiertos.
El poder de lo material
Quiero agradecer públicamente a mis padres por dejarme espacio en su casa para guardar todos estos archivos de mi pasado hasta que tenga mi propio hogar, porque gracias a eso puedo hacer este viaje al pasado.
Y reivindico el poder de lo material, en esta era digital: mandémonos cartas, escribamos diarios, apuntemos ideas en libretas, hagamos álbumes de fotos impresas, compremos postales. Porque todo eso tiene el poder de condensar las experiencias pasadas de una forma poderosísima, y es una puerta directa a ellas. Es importante CONSERVAR para poder regresar y aprender.

Crece mi mirada, aunque siempre estuvo ahí
Al releer páginas aleatorias de mis diarios y cuadernos, viví dos cosas contradictorias:
Por un lado, mi mirada actual, con su madurez, experiencia, mayor riqueza de referencias y formación, comprende de forma distinta el pasado o ve patrones que no veía antes. Me pasa que releo reflexiones y pienso: «¡qué sabia era para esa edad!», o me doy cuenta de cómo ahora reaccionaría diferente a ciertas situaciones.
Y, por el otro, encuentro en lugares muy lejanos al presente cosas que me incumben todavía hoy. ¡Cuántas notas sobre Argentina había ya hace 5 años! ¡Cuántas menciones a ir allí, encontrarme, explorar mi identidad, pasar tiempo con los que quiero! ¡Cuántos deseos de escribir!

Y tú, ¿escribes algo a mano para conservar tu memoria, tus ideas y tus sensaciones?

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