Se me eriza la piel de todo el cuerpo, siento los pelitos de los muslos parados, cuando identifico la canción de la que entra en pedacitos por la ventana. «Tratame suavemente», de Soda Estéreo, suena lejana y un poco enlatada; no sé si serán los vecinos quienes la ponen, o el club cercano a la casa de la abuela. Mi prima, desde la cocina, retoma la letra y la canturrea mientras despieza el pollo para ponerlo en la salsa de la pasta que comeremos en un rato.
Y yo me conmuevo, sentada en el comedor ante mi ordenador.
En momentos como este, la realidad me golpea como una maza sobre la cabeza: de verdad estoy en Argentina. Y por eso es normal que suene Cerati por la calle, haya dulce de leche en el supermercado y alfajores en las panaderías. Por eso es normal que en Tinder me aparezca que una coincidencia con los chicos que me salen sea que nos gusta Calamaro o Cantilo. Todo alrededor es familiar y conocido; me saltan las lágrimas al escribir que me siento un poco en casa.
Estos últimos días, semanas, he estado tan focalizada en entender por qué soy distinta, mirando las aristas de mí que no encajan aquí, que no me he fijado en todo lo que hay de Argentina en mí. Que ahora veo reflejado, después de tanto tiempo, también en el afuera que me rodea. Y es precioso.


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