Viajé a Mar del Plata con mis abuelos y mi hermano en los primeros días de abril de este año. Esta es una ciudad costera de la provincia de Buenos Aires, a unas 4 horas de la capital, que todas las personas que viven en la ciudad de la furia conocen porque durante décadas ha sido el lugar de veraneo de la clase media.
Mi hermano y yo llevamos toda la vida escuchando hablar de Mardel (o MDQ, como se le dice por las siglas de su aeropuerto), ya que nuestros padres fueron allí incontables veces, de pequeños, de grandes, con sus respectivas familias, el uno con el otro.
Nosotros dos, según nos cuentan, también fuimos pero de tan pequeños que no lo recordamos. Por eso, poder ir ahora con nuestras miradas adultas fue un regalo gigantesco, que aprovecho para agradecer públicamente a nuestros abuelos.
El itinerario fue sencillo: salimos un jueves por la mañana de casa, hicimos las cuatro horas de ruta en auto con mucha serenidad, y pasamos tres días preciosos hasta el domingo.
Inesperadamente, este viaje fue muy reparador para mí: casi completada mi intensa estancia en Argentina, el aire de mar me renovó por dentro y por fuera. Hice yoga y caminé por la playa, conectándome con la naturaleza de una manera que no sabía que extrañaba. Esa paz, la distancia de la rutina, y lo especial que es Mar del Plata para mi familia me inspiraron profundamente para escribir muchísimas palabras durante esos días.
En este artículo les comparto algunas de las reflexiones que anoté desde la cocina de casa, la tarde en que volvimos, donde el sonido de mi teclado se sumó al familiar zumbido de la heladera y los gritos de las cotorras en el jardín.
El valor de los viajes
Admito que siempre pongo los ojos en blanco cuando alguien dice que su actividad favorita es viajar. Pero cada vez que soy yo la que viaja por placer, me acuerdo de por qué lo dicen.
Creo que los viajes valen tanto porque nos transforman al mostrarnos cosas nuevas: exponernos paisajes, rutinas, ritmos urbanos, espacios, costumbres y hasta palabras diferentes de los que vemos habitualmente. Si permitimos que esas visiones nos cambien, si le damos espacio al cambio, se produce una transformación interna profunda y sincera, imborrable para el resto de la vida. Para mí, eso explica que viajar sea la mejor inversión que podemos hacer.
En un país tan grande como Argentina (cuyas enormes dimensiones son algo que nunca termino de concebir), no hace falta irse hasta la otra punta para encontrar diferencias con respecto a la rutina: Mar del Plata está en la misma provincia que la zona de Buenos Aires donde vive mi familia, y sin embargo pude ver cosas nuevas.
Por poner un ejemplo tonto: aprendí una palabra nueva que nunca había escuchado nombrar, ni había visto en ningún viaje anterior, y que pude incorporar porque estaba atenta:
Chacinado: charcutería, fiambre
https://www.argentina.gob.ar/senasa/programas-sanitarios/cadenaanimal/aves/aves-industria/chacinados
Un lugar nuevo, distinto a todo lo que conozco
Fue interesantísimo observar cómo era Mar del Plata con la intención de escribir sobre ello, porque, a priori, es una ciudad que conjuga piezas de mis dos identidades:
- De Canarias: el mar, la playa, el Océano Atlántico, el turismo
- De Argentina: el dulce de leche, el frenesí, la marginalidad, la ciudad
De todo eso, emerge un paisaje muy curioso.
Paisaje de costa, pero muy urbano: edificios de veinte, treinta o cuarenta pisos al lado del mar, muchísimos kilómetros de extensión de una ciudad imposible de recorrer entera a pie.
Paisaje con relieve, que no suelo asociar con Argentina porque de esta siempre me llama la atención su llanura. Las calles que se elevaban dramáticamente cerca del mar, como la calle Colón, a mi hermano y a mí nos recordaban incluso a San Francisco, en Estados Unidos (como les comparto en un TikTok).
Una arquitectura muy ecléctica, formada por elementos que parecen no combinar entre sí: torres de apartamentos racionalistas frente a casas bávaras con vigas expuestas. Me encontraba a mí misma frustrada porque lo extranjero/europeo se impusiera sobre un «estilo argentino autóctono», que no lograba encontrar aunque que no despegaba los ojos de la ventana del coche.
Y fue recién después de un rato que caí en la cuenta: ¡justamente esto es el estilo argentino contemporáneo! Esta mezcla heterogénea, despareja, casi incoherente. Llegué a imaginarme a los inmigrantes, con riqueza suficiente para construirse una casa cerca del mar, decidiendo rendir homenaje a sus raíces dándole a sus hogares el aspecto de su Alemania, Austria, Italia, Francia natal.
Como toda gran ciudad, a Mar del Plata no le faltaba marginalidad. Esta se me expuso con toda claridad en un supermercado debajo del hotel donde nos alojamos, al que me acerqué una mañana temprano a comprar agua. Entró una chica que me llamó la atención, vestida toda de negro, con un maquillaje muy marcado y bastante corrido. Desvié la vista, la chica de la caja que me estaba por cobrar la miró también, y después a mí, juzgándola sin palabras. Yo volví a desviar la mirada, sin querer participar en el escrache silencioso. La cajera dijo algo en clave a un compañero situado a mi espalda, y enseguida lo oí decir en alto a la chica del maquillaje corrido algo como «no podemos vender alcohol hasta las 10, lo lamento mucho». La chica insistió, con un deje de desesperación, el chico no cedió. Yo me fui mientras discutían, sin mirarla y sin saber cómo terminaba la historia. Pero me quedé pensando en ella.
En una ciudad tan grande como para acoger a 3 millones de visitantes cada verano, los extremos son muy marcados. El lujo y la extravagancia de los tranquilos barrios adinerados se contraponen drásticamente con la gente durmiendo en la calle o pidiendo comida que me crucé cada día.
Aire nostálgico
Aún a día de hoy no tengo claro qué fue lo que me dejó la impresión de que Mar del Plata es una ciudad nostálgica; al menos en la actualidad.
Quizás porque fuimos al final de la temporada alta: era el inicio del otoño, ya había algunas hojas amarillas en los árboles, tuvimos buen clima pero no hizo suficiente calor como para bañarnos en el mar.
Quizás porque nos encontramos con grandes instalaciones usadas en un pequeño porcentaje de su capacidad: hoteles con pocos huéspedes, restaurantes con camareros de brazos cruzados, negocios con las persianas bajadas…
Quizás porque, habiendo crecido en un entorno muy turístico, percibimos con claridad el cansancio que llega después de la temporada alta, el agotamiento de la estacionalidad.
Al mismo tiempo que esa sensación que podía ser circunstancial, me dio la impresión de que Mardel vibraba con ecos de una vida pasada. Casi que por cada calle, cada barrio, cada balneario que pasábamos había una historia de la familia que los abuelos nos contaban.
Acá vinimos con vos de bebé un verano
A esta clínica lo trajimos al tío cuando tuvo el accidente con la bici
En esta playa pasábamos los días enteros
A la distancia, desde Canarias, mi mamá me iba compartiendo por WhatsApp sus propios recuerdos con su familia. Llegamos a tal nivel de detalle, que me enteré de que yo ahora, con mis abuelos paternos, me estaba hospedando a literalmente dos calles del apartamento de mi bisabuelo por parte de ella. ¡Por casualidad!
Fue bonito, tanto para mi hermano como para mí, atisbar esa vida pasada como un filtro sepia de nostalgia, visualizando cosas que no vivimos nunca y que ya no viviremos; por asomarnos a recuerdos que no nos pertenecen, sino que son de otros.



Y, a la vez…
Sentí una conexión muy fuerte con Mar del Plata
Fue progresiva pero muy clara: empezó con un tironcito en mi ombligo cuando nos subimos al auto y salimos de casa; al ver el cartel del nombre de la ciudad en la enorme rotonda de la entrada, se convirtió en un balde de agua refrescante que me cayó encima, lavando mis inquietudes.
Todo lo que nuestros familiares vivieron ahí, a lo largo de tantos veranos, de alguna forma conformó las personas que mi hermano y yo somos hoy.
En Mar del Plata, Mamá aprendió a amar los horizontes abiertos.
En Mar del Plata, Papá aprendió a lanzarse siempre a jugar en el agua, aunque esté helada.
Y, justamente, hablar del mar es importante, porque es el mío, mi mar, mi océano Atlántico querido, que une la Argentina de mis orígenes con mis Islas Canarias de crecimiento. No me hizo falta meterme al agua y nadar para sentirme conectada. Frente a sus olas, envueltos en su viento salado, me imaginaron mis padres antes de que yo existiera. A esta arena que lo sostiene me trajeron mis abuelos a jugar de bebé. Y acá vuelvo hoy, adulta, más consciente de todo eso (¿creo?) que me trajo hasta acá, después de haber visto las mismas olas desde el otro lado, a miles de kilómetros de distancia. Acá vuelvo, y aprendo a amarlo desde este lado.

Como comprenderán, terminé el viaje y termino de escribir este texto muy agradecida y emocionada. Como todo viaje en familia, lo atesoro porque el tiempo con nuestros seres queridos es siempre impagable.
Pero especialmente como escritora inspirada, como hija de migrantes regresada, como joven e ilusionada investigadora de la familia… Muy conmovida.










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