Está ocurriendo. Estoy por embarcar para el vuelo a Buenos Aires. Los chicos de delante de mí son de un equipo de rugby, y hablan con acento argentino que me confirma por millonésima vez que estoy en la fila correcta. Que no leí mal ningún cartel, que esta es la puerta de mi vuelo, que estoy en el día y momento y lugar correctos.
¿Qué hay más allá del miedo? Una vez dejo de sentir miedo por equivocarme, ¿qué siento?
Me pasé esta mañana angustiada por si había algo mal, si me había equivocado en algo, si alguna cosa no saldría como lo planeé. Y ahora estoy aquí, todo está correcto, solo me falta subirme al avión. ¿Qué me queda? ¿Qué siento?
Esperando a la hora del embarque, observaba a las personas y me preguntaba cual sería su historia para viajar. Por qué los señores árabes que hablaban francés estarían viajando a Buenos Aires. Cuál será la historia de la mujer joven que dormitaba sola en una esquina de las sillas. Por qué las chicas alemanas de más atrás en mi fila viajan hoy a Sudamérica.
Y me hacía gracia pensar que, mirándome, nadie podría imaginarse lo que voy a hacer yo. Nadie podría intuir la importancia de esta travesía para mí.
Después del miedo, los nervios y la ansiedad, siento una enorme ilusión. Siento alegría por estar lanzándome a hacer lo que creo que me va a hacer feliz. Siento orgullo por atreverme a apostar por esta idea, este proyecto, este sueño. Y siento la alegría de reencontrarme con mis raíces: porque, más allá de todo, este es un viaje a Argentina, donde el acento, las palabras, la comida, las costumbres, me son totalmente familiares.
Abren el embarque. Me voy a Argentina.



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