Desafiantes días
Lo primero que pienso al mirar atrás hacia esta semana es que fue difícil. Tuve un enfrentamiento cara a cara, mano a mano, con la fragilidad de salud de una persona muy querida, y no fue fácil.
Aún no soy capaz de decir si fue un asunto grave o no. No fue cuestión de vida o muerte; pero a través de cómo los demás me preguntaban por lo que estaba pasando y la evolución de la situación, sentí que había una gravedad que yo no estaba procesando del todo.
Me pregunto si no sería un mecanismo de protección para conmigo misma. Si una parte de mí realmente no quiere asumir que hay una persona a la que quiero que está muy mal de salud, y por eso no me lo tomo como es.
O si, simplemente, es verdadero desconocimiento. Nunca he pasado por esto: es la primera vez que presencio cómo un ser querido atraviesa una enfermedad grave. A la vez que envejece.

Eso me lleva a otra de mis reflexiones: todo el tiempo me recuerdo a mí misma que no puedo comprender la vejez desde mi lozana y arrogante juventud. Y ahí siento culpa por juzgar a mis abuelos. ¿Cómo me atrevo siquiera a pensar u opinar cómo deberían hacer las cosas, si no tengo la menor idea de la niebla mental o los esfuerzos físicos que conlleva para ellos hacer cualquier acción? ¡Qué atrevimiento el mío de frustrarme cuando les explico cosas de este mundo nuevo y complejo, si no saboreo nunca la impotencia que pueden sentir ellos por no entenderlo!
Destellos de luz
Por varias cosas, entre ellas mi baile de hormonas mensual, cuando escribo me parece que la semana fue peor de lo que en realidad fue. Porque, cuando miro mi agenda y archivo de fotos, me acuerdo de que también viví cosas muy bonitas estos días, a menudo en compañía que me hizo feliz:
Noche de teatro con amigas
Agradezco a la Agustina pasada que previó que necesitaría apoyarse en sus amistades para balancear la tensión emocional del proyecto; y agradezco sobre todo a mis amigas ser tan geniales e interesantes como para proponerme ir a ver una obra de teatro a capital.
Aunque reconozco que me costó entrar en la onda para sentirme bien, pronto el aroma de la aventura se coló por los poros de mi piel, haciéndome sentir muy viva y vibrante. Algo que me había faltado en los días anteriores.
Disfruté de la compañía de mis amigas, de la conversación ligera, divertida y con códigos compartidos entre gente de mi edad. Me encantó la obra que vimos (El Brote, muy interesante reseña aquí), pero sobre todo, me enamoró Buenos Aires de noche. La calle Corrientes, meca del teatro según mi profesora favorita, me robó el corazón.
Las luces de los teatros iluminando la marea de gente que caminaba, charlaba, reía, besaba, abrazaba, observaba desde las veredas. Las librerías intercaladas con teatros y locales de pizza llenos a rebosar. El obelisco, enorme y sereno en medio de la furia de la capital…
En fin, fascinante. Llegué a casa y me acosté de madrugada porque necesitaba escribir todo lo vivido. Quizás lo comparta aquí algún día.




Taller de Arte
No es casualidad que dos de las mejores cosas de mi semana fueran relacionadas con el arte.
Desde hace casi dos años, participo en el taller de Arte y Cultura Visual de La Conocida, de la mano de mi profesora favorita, Sara Núñez de Arenas. Y ahí no solo me encuentro con amigas que disfrutan del arte como yo, sino que entreno la mirada y expando mi horizonte de aprendizaje a lugares nuevos, inexplorados, que siempre, siempre, siempre me gustan.
Cuidar el cuerpo
Otra cosa que imaginé que necesitaría durante mi estancia acá sería cuidar mi cuerpo. Esa previsión me hizo meter en la maleta mi bañador, gorro y gafas de natación, y mi ropa de yoga, y esta semana por fin pude darles uso, agradeciendo profundamente a la Agustina pasada.
Esta semana logré ir a nadar una vez, y hacer yoga tres. Me había costado encontrar los momentos para ello, porque siempre hay algo que hacer con algún familiar, algún plan, o la sempiterna presión por trabajar en el proyecto.
Por eso, entrar en el agua fue verdaderamente reparador. No fue un entrenamiento demasiado largo ni exigente, ni yo no iba tampoco a eso. Iba a lavar mis preocupaciones a golpe de brazadas, y aclararme las ideas con las respiraciones coordinadas. Me hizo tan bien que ya estoy planeando ir de nuevo en unos días.
Mucho, mucho amor
Revoleen los ojos y piensen que soy cursi, me da igual. Lo soy.
Pero cuando estaba a punto de publicar esta crónica me di cuenta de que me faltaba hablar de algo, un hilo conductor que ha sostenido todos los eventos de la semana, que me ha sostenido a mí a través de ellos: el amor.
Amor por la vida, de quien lucha contra una enfermedad jodida.
Amor por los mayores, haciendo todo y más por cuidarlos.
Amor por los más pequeños, recién llegados al mundo, con su mirada fascinada y curiosa sobre lo que nos rodea a todos.
Amor por el arte: la música, el canto, las palabras, la enseñanza.
Mucho mucho amor nos ha sostenido a todos esta semana, nos sostiene siempre. Con sus infinitas formas imposibles de capturar: las manos tomadas en el sillón mirando un concurso de la tele a la noche. El viaje en coche que resultó innecesario para ahorrarnos un paseo de noche. Los mensajes diarios de chequeo y apoyo. Sacar la guitarra después de cenar y afinarla en la mesa para cantar. Decirme «te quiero» antes de irse a acostar. Amor, amor, amores.
Avances de Crónicas del Clan
Continúan las crónicas semanales
Como demuestra este mismo texto, sigo comprometida a crear mis crónicas semanales con los avances del proyecto.
La realidad es que disfruto de escribir periódicamente, de forma seriada; me doy cuenta que tiendo a hacerlo con distintos proyectos. ¿Seré entonces más periodista de lo que me atrevo a admitir?
En cualquier caso, celebro para mí misma el éxito de haberme construido una rutina de publicación, que es mucho más que poner las palabras sueltas en una entrada. La crónica empieza mucho antes: desde apuntar ideas a lo largo de toda la semana, darles orden y sentido en un esquema, escribir el primer borrador, pulirlo hasta encontrar el fondo… Y recién ahí publicar, y difundir.
Estoy orgullosa de lograr hacer todo eso una vez por semana, y sostener el ejercicio en el tiempo. Pero, más que nada, estoy orgullosa solo por hacerlo. Estas crónicas las escribo para mí misma: sé que en el futuro me gustará poder leer la evolución de mi experiencia, semana a semana, con la que ver el progreso de mi proyecto.

Más primeras veces
Con la suerte de tener una familia amplia, se da la situación un tanto sorpresiva de que, a día de hoy, cumpliendo casi un mes desde mi llegada, aún tengo primeras veces por vivir.
En estos días, pude pasar tiempo a solas con una de mis primas; y, además de divertirnos mucho (no se pueden perder nuestro juego «Mi prima me viste» en las redes), fue muy valioso para mí poder hacer la adaptación a ella de la que hablaba en la crónica de la primera semana. Acercarme a ella, su realidad, su mirada sobre la vida, me da herramientas para mi proyecto: hilos de los que tirar en las entrevistas, caminos que sé que me llevarán a lugares interesantes.
Más entrevistas, más entrevistas, ¡más entrevistas!
Callando a la Agustina inquieta de la semana pasada que se sentía atrasada, esta semana hice no menos que tres entrevistas. Que, comparado con el promedio anterior, es una importante mejora. Y así confirmo la intuición con la que esa Agustina pasada se tranquilizaba: iré acelerando el ritmo de entrevistas a medida que las vaya haciendo.
Está siendo muy satisfactorio tener por fin en mis manos la materia prima del proyecto, lo que vine a buscar: preguntas, respuestas, cuestionarios, grabaciones, hojas de notas, apuntes. No dejo de anotarme ideas y observaciones en mis varios cuadernos, que sé que consultaré más adelante. Y, con todo eso, para algunas personas ya voy preparando incluso la segunda entrevista, con la que pretendo profundizar en algunas de las temáticas recién planteadas.
Pero, sobre todo, estoy especialmente contenta con una entrevista en particular. Para mi sorpresa, es la que creía que sería más difícil. Quizás por eso la preparé con un extra de cuidado, o la desarrollé con más cautela.
Uno de mis abuelos es muy callado e introvertido; todos lo conocemos en la familia por la parquedad de sus palabras. Sin embargo, a lo largo de toda mi vida pero sobre todo viviendo con él estos días, yo intuía un mundo interior muy rico, y me preguntaba cómo acceder a él.
En estos días, he podido charlar con él a solas en dos ocasiones, y fueron verdaderos momentos destacados de la semana; diría incluso que del viaje entero. Planteándole las preguntas con cautela disimulada (o eso quiero creer yo, al menos), voy recorriendo mi cuestionario de arriba a abajo. Y, para mi enorme gusto, me da unas respuestas ricas y elaboradas. A veces yo solo tengo que quedarme callada y él mismo sigue avanzando hacia otros temas sin que yo se los plantee.
Se siente como la entrevista más pura, o más ideal. Más parecida a lo que esperaba que fueran las entrevistas de este proyecto: yo, con mi atención plena en sus palabras, sin dejar de mirarlo, acercándome con delicadeza a sus valiosísimos recuerdos. Viajando con su mirada a un pasado en el que no estuve, y fascinándome con las imágenes que pinta ante mis ojos.
No es que las otras entrevistas no fueran así: con todas las personas hablé ancho y profundo, recorrimos mi cuestionario, y logré cosas muy interesantes. Pero los encuentros con este abuelo me están haciendo replantearme el método.
Concluyo la semana con una mirada más serena sobre ella, y con ganas de enfrentar la que empieza.
La última reflexión que me planteo, hoy por escrito, pero desde hace semanas en mi mente, es cómo ir contando todo esto. Ya he dicho que me siento abrumada por la información; pero además, me inquieta que es muy sensible para mí y otros. ¿Cómo contarla para que inspire a otras personas? ¿Cómo compartirla y darle forma, sin que lastime a los que quiero?
Pero eso es justo lo que vengo a descubrir. Lo que será la propuesta de Crónicas del Clan un día.
Así que… seguiremos informando.


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