En mi viaje a Argentina tuve la oportunidad de sumergirme completamente en la historia de mi familia a través de sus imágenes.
Aunque sabía de antemano el valor que las fotos tienen para la memoria familiar, y ya fui con el plan de echarles un ojo para Crónicas del Clan, una circunstancia inesperada hizo que mi exploración fuera muy fructífera.
Resulta que para hacer una tarea de un taller de escritura tenía que buscar una foto antigua que me inspirara para crear un relato. Así que le pregunté a mi abuela dónde estaban los álbumes familiares, y ahí me encontré con un quilombo interesante…
Durante años, cada vez que mi abuela quería usar una foto para felicitar a alguien por su cumpleaños, iba a los álbumes, sacaba la imagen que quería, y nunca la volvía a guardar en su lugar. Así acumuló una carpeta enorme llena de fotos fuera de sitio, todas desordenadas.
Quienes tenemos el gen del orden nos echamos las manos a la cabeza con la situación, pero en realidad yo no reprocho nada a mi abuela. Su particular técnica fue el motivo perfecto para ponerme a estudiar en detalle todo lo vivido por mi familia durante décadas, y me permitió aprender muchísimo de nuestra historia.
En estos vídeos pueden ver cómo fue el proceso de ordenar todas las fotos en su lugar, y en el resto de este artículo, todas las reflexiones que se me fueron ocurriendo mientras lo vivía.
Mirar el pasado es difícil
Siempre quiero ser sincera con mis palabras, y eso implica admitir cuando algo me cuesta. La realidad es que mirar las fotos de la familia a lo largo de tanto tiempo es un proceso muy intenso; en mi caso, al menos, me removió mucho por dentro.
Sin embargo, me fascina desde siempre. Recuerdo que, siendo muy chiquita, de vez en cuando le pedía a mi Mamá que abriera el baúl donde guardábamos los álbumes de fotos, desde los más antiguos a los de los viajes recientes. Recuerdo con claridad que me advertía que no marcara las fotos con los dedos, que el papel fotográfico era delicado, así que aprendí a tomarlas con un cuidado reverencial por los bordes. Y recuerdo también que ya entonces al mirarlas se me despertaba una conmoción interna que me dejaba emocionada largo rato después de volver a cerrar el baúl.
Para mí, mirar fotos viejas impresiona porque se hace patente el paso del tiempo. Nos convertimos en testigos de cambios de look, transformaciones de los espacios, adopción y rechazo de modas… Del crecimiento y envejecimiento de las personas que conocemos y queremos. Visitamos lugares desconocidos, algunos de los cuales son protagonistas de las historias de sobremesa, otros nunca los habíamos atisbado. Conocemos a personas que ya no están.
Las fotos impresas son un tesoro
Internet y las cámaras digitales se popularizaron a finales de mi infancia, en los últimos años de los 2000; por eso, las fotos de mi vida a partir de mis 6-8 años dejan de estar en papel para estar en ordenador.
Al reflexionar sobre esto, me doy cuenta del privilegio que supone tener esta posición en la historia: una parte de mí comparte con generaciones anteriores -sobre todo la de mis padres- algo que los más jóvenes desconocen: tener sus imágenes exclusivamente en papel. Y veo también que estos lo extrañan: el primer día que ordené las fotos con dos de mis primas pequeñas, ambas nacidas después de 2010, una de sus reflexiones más interesantes fue
¿Y dónde están las fotos de cuando yo era bebé?
Porque todas las imágenes de sus vidas son, desde siempre, digitales. Así que ellas no sienten todo lo que yo experimento cuando paso las hojas de los álbumes de cuando nací, mirando las imágenes a veces desenfocadas, a veces torcidas, y a menudo muy entrañables con las que mi familia inmortalizaba esos primeros años. Y aunque tienen muchísimas más imágenes de sus vidas enteras, que son más accesibles, en cualquier momento, desde cualquier lugar, que todos los familiares hemos visto porque nos las hemos compartido, ellas se pierden esto que yo sí tengo. Mis fotos en papel.

En persona, son distintas
Las fotos impresas, analógicas, no solo son especiales por lo que muestran. Gran parte de la experiencia de mirar fotos en papel solo se puede vivir en persona: cuando me pongo a digitalizarlas se pierde parte de la magia.
Porque solo en persona, a través de tocar las fotos con nuestras propias manos, podemos percibir:
- Todos los distintos tamaños, formas y formatos que había, que implicaban… ¡distintos tipos de álbumes!
- Colores, brillos, saturación
- Enfoques y desenfoques originales, a menudo accidentales.
- Textura del papel de impresión: algunas más rugosas y con poco brillo, casi mate; otras más satinadas y suaves…



Recordatorio: mirar el lado de atrás
Pero creo que mi parte favorita explorar los álbumes familiares es mirar por atrás de las fotos. ¡Las notas manuscritas ahí dan tanta información!
En el caso de nuestra familia, antes de los años 2000, apenas aparecía la fecha de la imagen, o el apunte de quiénes estaban en ella, si eran parientes lejanos y poco reconocibles. A partir de que se produjo la migración de mis papás, mi hermano y yo, poco después de la de una tía, las fotos tienen descripciones.
Las leía y pensaba que esas notas eran equivalentes al WhatsApp y las stories de hoy, porque decían cosas así:
Agus patinando en el Parque García Sanabria
La playa de Es Trenc
Miren qué linda mi habitación con el edredón nuevo
Hay en las palabras elegidas para acompañar a las imágenes una ligereza narrativa y un fuerte carácter descriptivo, que nacen de querer hacer partícipe al otro de una cotidianidad muy lejana.
Hoy en día, esas notas son para mí lo más valioso que encuentro en este proceso. Me proporcionan la perspectiva de quienes se fueron, mis padres y mi tía, porque veo qué elegían contar, y cómo. A menudo, el tono es alegre y desenfadado, por no querer preocupar a los familiares con las dificultades de sus realidades; y no me cuesta entenderlo. Ya que la comunicación era escasa, y cara, no querrían malgastarla en quejas y protestas, sino contar lo bueno, lo que los hacía felices, los progresos de los niños como mi hermano y yo. Y, como aprendí con un par de entrevistas, eso es algo que receptores de las notas en Argentina agradecieron.
Las fotos y las notas manuscritas atrás a mí me dan algo más: un testimonio que explica la conexión y la unión entre las dos partes en las que se partió la familia, y que continúa hasta hoy. Gracias a esos puentes tendidos hace dos décadas, hoy seguimos unidos.

Mirar de frente mi pasado
Tuve que hacer el proceso de ordenar las fotos en sus álbumes dos sesiones: entre 1950 y 1990 el primer día, y a partir de los 2000 en el segundo. La razón no fue solo el volumen de fotos que tenía que manipular, sino también las sacudidas emocionales que me provocó el proceso.
Sobre todo, lo noté en las fotos a partir de 1998, cuando nací. Por ser la primera hija, nieta y sobrina, como ocurre habitualmente, hay muchísimas imágenes de mis primeros años. Eso me dio el privilegio de tener la atención y los mimos de todos, que se transmiten en las imágenes. Las veo y me siento muy, muy querida, como arropada: siempre he estado rodeada de amor. Y hoy, como adulta, me doy cuenta del invaluable regalo que es eso.
Las fotos también me desbloquean recuerdos, sobre todo materiales: encontré en las imágenes una manta con mi nombre pintado, una corona de princesa o prendas de ropa que luego formaron parte de mi infancia y aún hoy recuerdo, pero que no era capaz de nombrar hasta que las vi.
Todos pasamos por ahí
Al atravesar las décadas e ir observando ese paso del tiempo, fue reconfortante para mí ver cómo todas las personas de mi familia fueron pasando por las mismas etapas que yo: el final de la infancia, la extrañez de la adolescencia, el vertiguito de crecer, elegir carrera y emprender un futuro, empezar a vivir por sí mismos…
Conté algo parecido en la crónica de la última semana del viaje: en las entrevistas fueron saliendo puntos en común en las sensaciones de mis familiares al vivir las cosas que yo he vivido. Esas coincidencias me trajeron un suspiro de alivio: así que no soy la única en estar medio perdida a sus 25 años… Las fotos fueron la materialización de esa misma conclusión.
Mientras escribo eso, también soy consciente de que me quedan un montón de cosas por vivir, porque presencié en las imágenes situaciones con las que todavía no me identifico, pero quizás sí me interpelarán cuando las viva: la maternidad, el crecimiento de mis hijos, nuevos crecimientos y aprendizajes míos…
Y de aquí saco un recordatorio para la Agustina futura, y para quien quiera leerme: la importancia de volver a ver los álbumes de fotos, aunque ya los conozcamos. Porque se resignifican con quien las observa.
Solo una perspectiva, no la totalidad
Como todo artefacto o truco que usamos para recoger una realidad que es, por definición, inabarcable e inaprensible, sacar fotos conlleva una elección, una selección y un descarte. Más todavía cuando las fotos eran analógicas, había un número limitado de disparos que el rollo podía registrar, y una vez se gastaban había que comprar uno nuevo.
Por eso, para mí, es interesante fijarse en qué cuentan todas nuestras fotos. De qué hablan.
Y la verdad es que en la mayoría todo es feliz, bonito, alegre: las imágenes muestran cumpleaños, vacaciones, bodas, casas nuevas, celebraciones, fiestas, eventos. El rastro que queda es casi exclusivamente positivo.
Pero yo, como periodista, sé que esa no es toda la verdad. La vida de mi familia fue mucho más de lo que aparece registrado. Sé, gracias a las entrevistas, que en esos años no hubo solo cosas buenas: también se sufrió, también hubo dolor, pero no se representa en las imágenes. De ahí la importancia de contrastar la información que nos dan las distintas fuentes, y no dar ninguna por plenamente cierta.
Hace poco terminé un libro en el que a un chico lo hacían elegir entre conservar sus recuerdos o salvar a sus amigos de una muerte segura. Finalmente, decidió sacrificar su memoria para que ellos vivieran, y a mí me pareció terribleeeee.
Me recordó por qué escribo, por qué tengo todo mi almacenamiento de fotos lleno a rebosar: porque tengo miedo de algún día olvidar, y necesitar estos anclajes a mi pasado. Por eso guardo todos los selfies embarazosos de mi adolescencia, los outfits de mis años de universidad, los atardeceres desde la ventana de mi casa en Madrid: porque quiero tener algo con lo que volver a esos momentos si alguna vez pierdo la memoria.
En definitiva, las fotos nos salvan del olvido, como las palabras. Son una manera más de atrapar fragmentos de la realidad para que no se nos escapen, soplados por el viento inclemente del tiempo. Y las fotos familiares, en particular, son un importante recipiente de la memoria familiar, que en Crónicas del Clan siempre intento honrar.
Así que mis consejos son dos:
- ¡Mantenerlas ordenadas! (O sentarse a ordenarlas con sus abuelas, también es válido)
- Mirarlas seguido. Siempre tenemos cosas nuevas que aprender, incluso de las imágenes que ya conocemos.
¿Cuándo fue la última vez que abriste los álbumes familiares?
¿Cómo están de ordenados?
¿Qué sientes al verlos?
Nos leo en comentarios 😊







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