Una casa… ¿desangelada? ¡Pero qué palabra elegiste, Agus! ¡Creo que en toda mi vida solo se la escuché decir a mi mamá!
Me río en el bus mientras mi tía se ríe de mi elección de vocabulario.
¡Pero es que es una palabra muy gráfica, que representa muy bien lo que quiero decir!, le respondo.
Me acabo de mudar a una casa con las paredes pintadas de vida inerte. Donde las puertas se pasan días y noches enteras cerradas. Una casa donde las sillas del salón sirven para apilar cosas sin sentido, y nunca para recibir invitados. Donde la música está recluida a los auriculares personales, las palabras a las pantallas, las risas a mundos externos.
En definitiva, una casa desangelada.
Me lo tomo a risa con mi tía y con todas las personas que lo comento, porque por ahora es lo mejor que me puedo permitir, y solo por eso ya lo agradezco.
Pero no dejo de ver lo que todas las cosas que quiero cambiar. Cómo en los días largos no me termina de apetecer volver, porque aún no es un lugar acogedor. Cómo al llegar me voy directa a mi habitación porque es el único espacio donde me empiezo a sentir a gusto.

Y no es solo una cuestión superficial. No es por la estética, que la casa sea vieja y esté descuidada (porque ni siquiera es fea). Yo veo claramente el potencial que tiene: los techos altos del último piso, el suelo de parqué bien hecho, el azulejo vintage de la cocina.
La cuestión está en el ambiente, algo que se palpa en el aire pero no se llega a ver, no se puede apuntar con los dedos. Es la sensación de que las personas han vivido aquí sin ponerle cariño.
Me pregunto de donde viene esta sensibilidad mía. No es que yo sea decoradora de interiores, ni arquitecta, ni mucho menos experta en feng-shui…
Pero siempre he tenido ejemplos de espacios amables donde habitar. Mis padres se esforzaron por crear un hogar en cada casa donde vivimos, sin importar que fuera más o menos humilde.
Recuerdo con claridad la decoración de la habitación de mi infancia, con la mitad inferior de la pared rosa y una guarda de las princesas de la que mi mejor amiga siempre se rio, aunque nos encantaba. Esa misma habitación creció conmigo, se hizo preadolescente con una pared pintada de rosa cereza y una frase en letras forradas de periódico, y adolescente total saltando al turquesa.


Cuando me paro a pensarlo, no son solo las casas donde yo viví las que me inspiran. En mi familia hay casas preciosas, que no me gustan por bonitas, sino por auténticas. Por habitadas. Por verdaderas.
Desde que no vivo con mis padres, he habitado en una residencia, donde en cada verano la habitación se vaciaba entera hasta el curso siguiente; en un castillo, compartiendo habitación enorme con otras becarias que estaban de paso como yo; y en mi primera casita de alquiler. Sin darme cuenta, en cada sitio donde he ido, ya fueran más o menos metros cuadrados, más o menos transitorio, siempre me esforzaba por convertir el lugar en mi refugio. La máxima expresión, por ahora, fue la casita de cuento junto al río en la que viví dos temporadas, y a la que le dediqué un artículo en el blog de mi amiga Erin, Coffee and Unlit Cigarettes.

De la conversación con mi tía, además de esas palabras fantásticas, salió también una conclusión muy sabia: construir un hogar lleva tiempo.
Pienso en la casa de mis abuelos, que compraron hace más de 40 años, y me doy cuenta de que las décadas no han pasado en vano. Hoy ese espacio es un refugio para distintas las generaciones de la familia, un lugar de encuentro, el corazón cálido de lo que somos, porque hace muchísimos años que mis abuelos trabajan para angelarlo. Las incontables reformas y modificaciones, cambios de decoración que han ocurrido en este tiempo siempre son un tema frecuente de las sobremesas, porque de ahí salen miles de anécdotas.
Pero lo que hoy rescato de todo ello es que crear un hogar no es un proceso que pase de la noche a la mañana. O en dos días, que son lo que llevo viviendo en mi nueva casa desangelada.
Dos semanas después…
Confieso que todo el texto hasta aquí lo escribí a principios de mes, cuando realmente llevaba dos días viviendo en mi nueva casa. Y todo se sentía muy crudo, incluso un poco amargo en ese momento: la primera impresión que tuve del lugar donde planeo vivir por lo menos un año no fue nada buena.
Ha ido pasando el tiempo, y no ha habido cambios drásticos: sigo conviviendo con las mismas dos compañeras que hacen sus vidas aparte de la mía, las sillas del salón siguen cubiertas de cosas, las puertas siguen chirriando cada vez que las uso.
Pero mi proceso de angelar la casa ya ha comenzado. Después de limpiar a fondo todo lo que pude en mi día libre, lavar las sábanas, poner la almohada que me regalaron mis amigas por mi cumpleaños (¡un regalo perfecto!) en mi cama, mis libretas en la estantería, mis fotos y postales en la pared… me siento mucho más a gusto.




Tanto, que no me molesta que mis compañeras hagan sus vidas: yo hago la mía. Que no echo en falta las sillas del salón para invitar a mis amigas a cenar: voy yo a sus casas o nos encontramos en un parque. Sigo escuchando los chirridos de las puertas, pero no me incomodan tanto como al principio.
Reitero todo lo dicho al principio sobre las casas angeladas, y estoy decidida a convertir este apartamento en un lugar agradable para vivir. En el poco tiempo que llevo aquí, he comprobado como pequeñísimos cambios (orden, limpieza, ¡quién lo iba a decir!) y un poco de cariño hacen toda la diferencia.
Pero, sobre todo, estoy decidida a darme/darnos tiempo.
Porque en esta etapa de la vida en la que me encuentro, estoy eligiendo transitar senderos que no son cortos, que no me van a llevar a la cima de inmediato. Igual que ejercito la paciencia con Crónicas del Clan, sabiendo que quiero hacerlo a fuego lento, decido hacer del lugar en el que vivo un hogar, sabiendo que es un proceso que ocurrirá de a poco.
En ambos casos, estoy dispuesta a contener mi ansiedad cada vez que me asalte, callándola al señalar los pequeños pasitos que voy dando, porque sé que el final valdrá mucho la pena.
Y, para ustedes,


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